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limón

Me gusta muchísimo el papel que envuelve las bandejitas de pasteles, ese que acaba pringando y es blanco y tiene letras y te dice el nombre del pueblo, el nombre de los Hnos. confiteros X, el año en que empezaron sus abuelos con aquel negocio. Me gusta mucho ese papel porque siempre quiero rasgarlo arrancarlo y llegar al seso de la cuestión, el dulce, que, desorientado y fuera de su vitrina fresquita, se derrite muy poquito a poco y nos hace la boca agua. La bandejita me importa menos, si lleva lazo o no también, incluso si tiene esos cartoncitos que impiden que el azúcar del dulce se pegue al papel por dentro aunque luego siempre se acaba pegando. El papel, sin embargo, es mejor que el que envuelve un regalo de cumpleaños, de amigo invisible o de aniversario aburrido. Ese papel tiene que oler a dulce una cosa loca, puede oler a loca una cosa loca si contiene una también, claro, solo me entenderán los boquerones. El caso es que ese papel es casi el mismo que envuelve los polvorones y l...

cruje el suelo y pasan cosas

Camino por mi casa como quien camina por un secreto: aquí cruje allá hay polvo acá aparta esa caja cerrada con cinta aislante. El cine me lo ha enseñado (¿o fue el Centro de Escritura?), la edición es lo que da el sentido a todo. Camino por mi casa como quien camina por un beso, sin quererlo luego ahogándose luego bailando en él luego olvidando que ocurrió, un poco queriendo un poco sin querer. He dejado de escribir a mis amigas, que van dejando de serlo como a mí me vendieron que iban a ser las amigas, de las de para siempre, de las de llamadas por teléfono largo y tendido, de las que incondicionalmente, bes-fren-forever, te iban a celebrar el cumpleaños fiesta sorpresa más chuli. En su lugar, las amigas a las que he dejado de escribir en realidad leyeron muy bien la letra pequeña, la conocen, ahora la conocemos todas, porque la ponemos en práctica, a la vista está que hemos dejado de escribirnos. En esa letra pequeña se establece que no estamos traicionando ni siendo traicionadas si ...

¿Conoces a James Joyce? No, ¿quién es?, ¿un alumno?

La tarde ya empezó rara. Primero, James Joyce era estudiante (estudiante, además, de Dickinson, para más inri), luego hicimos barricada, luego pensé en el titular pero no en mi contacto de emergencia, ya le llegaría un mensaje, supongo, a todos les llega el suyo, supongo. Llevo corriendo de acá para allá y cargando papeles en la mochila unos días y no los estoy llevando a ninguna parte, solo van conmigo en caso de emergencia, porque un relato de emergencia es todo un concepto, es real como concepto, nunca defrauda ni se queda sin batería, ni probablemente sirva para calmarte, pero no sé, es verdad que pensar en el relato mientras deseas que no pase nada más es más reconfortante que pensar en lo fino que es el cristal, lo rápido que puede romperse una ventana, derribarse una silla (en comparación con la estantería aunque pese mucho, mejor ponemos la estantería), o el inconveniente que supone tener a una persona enfrente en este momento, cuando me preocupa tanto el grosor del sillón que ...

en la mesa de mi cocina gris, en vez de en una cafetería donde da el solecito

Estoy escuchando una canción en finlandés y no hay nada, ni el ruido de mi vida, ni el silencio del teléfono ni el suelo terrible que me atrapa y no me deja abandonarme al sueño y caer en la cama ligera como una pluma, sino rendida como quien no tiene más que perder y se arrastró durante la mañana entera. En este finés no hay nada que pueda entender, nada, ni mucho ni poco, es ruido blanco para quien está todo el día peleando por entender y hacerse entender. No está aquí el calendario, la lista de cosas ni las flores de un vaso con agua que recibí por bonita, callada, nostálgica, capaz. I can't give everything, I can't give everything away.  

Verdad

 mi vela se ha apagado

cert clar i breu

¿Qué idioma es este, que no encaja en mis eses mis erres ni mis cetas? Sabe a niño perdido, a no poder volver a tu casa porque te has dejado la llave y el telefonillo no funciona y no conoces a un solo vecino de la planta porque pa qué darles conversación en el ascensor si es mejor mirar al suelo y hacerse el formal. Aunque los niños no saben ser formales, es por todos sabido, pero ya me entienden. ¿Me entiende alguien? En este idioma que se me resiste, posiblemente no. Hay palabras que nacen de derecha a izquierda y desde abajo arriba. Duermen los silencios porque todo está lleno de jotas. No es un idioma potable, recomendable ni agradecido, lo doman mejor quienes no intentan domarlo. Por poco desaparecen los libros escritos en este idioma, si no fuera por el esfuerzo anónimo de conservadores del patrimonio literario y lingüístico que se dejan la piel (la piel de encuadernar libros, la de seres humanos) y su piel (también de ser humano) por mantener vigentes las leyes que protegen est...

Wellnessenter

Una niña tenía en su corazón un orangután que vivía en un bosque que se vendió por dinero sucio y ahora tiene que limpiar, así limpiaba bailaba y limpiaba, que yo la vi, que todos la vimos.  Otra niña tenía a su madre en el centro de sí misma, entre Oriente Medio y otra orilla oscura llamada Hudson River. Se disfrazó de algo pequeñito, una minúscula en un mundo de mayúsculos, alguien escuchó su historia y quiso ayudarla pero llamó a la policía porque le habían dicho que escuchar era un pecado y los pecados se pagan, se pegan a tu piel y no hay terapia que los borre.  La siguiente niña llevaba un vestido, preguntó cómo me solían llamar porque no quería equivocarse, ella nunca se equivoca y si lo hiciera sería un equívoco. Me sorprendió mucho volver a verla ese día con un chándal, escondida donde yo misma he encontrado un hueco para equivocarme, retirarme, planificar las maneras de escapar de la einsamkeit  que no se soluciona ni con vestidos ni pretendiendo ser perfecta ni...

Viste pantalón crema, camiseta negra, cazadora de cuero marrón, zapatos marrón-rojizos y gafas de sol oscuras

En Oslo todos tocan el violín

Y conocen a Beethoven, estoy segura. Cómo no van a conocerlo. Beethoven se quedó sordo, lo mismo que quedarse solo, y Oslo es la ciudad donde mejor se vive si vives solo porque juegas con las letras y tienes la combinación perfecta de aceite sal y limón y no sé si al salmón le van esos aderezos pero estoy segura de que Pablo se enfadaría si viera lo que estoy haciendo con sus ocurrencias y locas manías de retorcer la lengua y escupir relatos. En Oslo todos tocan el violín, incluso Marit a la que bautizo Margarit o Magritte, que viene al Thyssen y no puedo verlo, claro, como a la señora de las piscinas que se va a bañar en la térmica y no hay manera de que yo pueda sumergirme en esa sala con ella, con todas las niñas saltando aunque esté prohibido, nadando hacia el fondo el fondo el fondo mismo del cuadro. Ella no es oslense, pero sí eslovaca, como la pazza degli cavalli que conocí en verano. Pablo se escandalizaría, diría pero bueno niña. Y yo diría ya, perdona, no sabía qué hacer con ...

me canso de mí

Esto hay que entenderlo, a veces no me quiero aguantar, no me soporto, no me gustaría tener que seguir hablando. Preferiría callar, probar el silencio y masticarlo concienzudamente. No era abril ni enero, solo ese momento justo en el que me cansa responder me pican los ojos de mirar la pantalla y el móvil se me encaja entre una oreja y la mano dormida, cansada de soportar seis horas de diferencia y toda la culpa que nadie me ha exigido que cargue. Siento a veces, también, que he perdido las llaves, los trapos sucios e infinitas filas con canastas de ropa me esperan al final del día, ninguna mancha la quita el jabón por más que froto, y eso que estoy echando músculo nada más que de rozar una tela con otra, húmedas ambas partes, tratando de sacar de una red el recuerdo del tomate de esa pizza que no debí haber comido, el chocolate de las galletas que no hay manera de esquivar, créeme, aunque sé que lo sabes, aunque sé que te lo cuento siempre.  Al final del pasillo está lo que buscas...