un cajón con vida propia
Abandoné las clases de piano (con nueve años) como se abandona a un novio al que no comprendes. Te obligas un poco a ti misma a quedarte, a obedientemente sentarte en la banqueta frente al teclado y tratar de entender todo ese lenguaje, reproducirlo como tanta otra gente hace, aspirando a crear algún día tu propia música. Como siempre, todo suena más bonito y menos duro de lo que realmente es. Y yo lloraba muchísimo, porque practicaba pero aquello no salía como tenía que salir. Mi madre ya no insistió más: ¡pues ya está, que no vaya más la niña al piano! La clave de fa fue lo que me descolocaba, lo recuerdo bien. Se suponía que todas las notas (las que yo conocí en clave de sol, claro) tenían una ubicación. Yo ya sabía dónde tocar, adónde moverme después, cuándo respetar los silencios. Pero ese otro universo paralelo –el de la clave de fa–, en el cual las cosas no se encontraban donde las habías guardado, como si las hubieras metido en alguno de esos cajones que parecen tener vida...