Esta tarde había silencio en mi casa, nadie me veía y decidí meter la terraza en mi habitación. Obligué a mi piel a regenerarse, a recuperarse en menos de veinticuatrohoras, a base de crema, tirita, aire, tirita crema (y algún empujoncito con el dedo también), y me asombra, me asombra que me haya hecho caso. La piel que ayer se caía a cachos está ahora otra vez en su sitio, con un color pálido pero ahí sigue, sin aspecto putrefacto, todo bien, todo correcto.
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flores, pero de las de verdad, no de las de plástico
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Atribuimos un tiempo de vida indefinido, indeterminado, a quienes nos rodean, nuestros seres queridos, aunque secretamente nos encanta determinarlo en torno a los ochenta años. Ahí ya sería suficiente, aunque doliera, aunque se nos partiera el corazón, esa persona habrá vivido, habrá tenido x, visto y. Cuando te topas varias veces con la muerte no sé si el hecho de que esto no ocurre siempre así se normaliza o si se comparte un secreto muy grande con los que tampoco lo han vivido, como lo de no desvelar que los Reyes Magos son los padres. Cuando alguien desaparece no sé si nos importa tanto ese alguien o más cómo lo gestionamos en nuestra cabeza. Ya no viven en esta casa, no están compartiendo mesa con nosotros, no quieren que los visitemos, no estarán allí al llegar. El tema es que durante el resto de días no se piensa esto, no es conveniente, o no en términos, parece ser, de sanar lo posible el golpe antes de que duela demasiado, ir creando un botiquín para curar la herida que s...