En Oslo todos tocan el violín

Y conocen a Beethoven, estoy segura. Cómo no van a conocerlo. Beethoven se quedó sordo, lo mismo que quedarse solo, y Oslo es la ciudad donde mejor se vive si vives solo porque juegas con las letras y tienes la combinación perfecta de aceite sal y limón y no sé si al salmón le van esos aderezos pero estoy segura de que Pablo se enfadaría si viera lo que estoy haciendo con sus ocurrencias y locas manías de retorcer la lengua y escupir relatos. En Oslo todos tocan el violín, incluso Marit a la que bautizo Margarit o Magritte, que viene al Thyssen y no puedo verlo, claro, como a la señora de las piscinas que se va a bañar en la térmica y no hay manera de que yo pueda sumergirme en esa sala con ella, con todas las niñas saltando aunque esté prohibido, nadando hacia el fondo el fondo el fondo mismo del cuadro. Ella no es oslense, pero sí eslovaca, como la pazza degli cavalli que conocí en verano. Pablo se escandalizaría, diría pero bueno niña. Y yo diría ya, perdona, no sabía qué hacer con este dolor tan grande que me dibujaste en un trozo de papel pero me tomé súper-en-serio. En fin, jamás viajaré a Oslo, no soportaría ver tantos cantantes de ABBA ni directores de orquesta jovencísimos que luego resulta que no tocan el violín pero robaron un día una batuta. Estoy segura de que al salmón le sentaría bien un poco de aceite y de sal pero no sé yo sobre el limón, eso es más valenciano. Los italianos, encuentro, también son muy valencianos. Arancciatos, colazionísticos, limoncellamente empeñados en dirigir todas las conversaciones a la costa este, la east coast, española, el centro del universo y del alcohol aguado. ¿Que si conocen los italianos a Beethoven? Seguramente los italianos inventaran Beethoven. Por eso ellos no tocan el violín, solo dirigen. Ya digo que todo lo dirigen al mismo tema de conversación y el coro debe quedarse callado debe no interrumpir, los que rodeamos estamos al margen, al fondo, somos el relleno imprescindible, somos el respaldo, el amortiguador absoluto y definitivo. No tengo nada en contra de los italianos, créanlo, esto es solo para señalar que a los oslenses seguramente no les guste llamarse así y prefieran ser conocidos como osleños, osleñas, oslianos, ya que son invento de la bota europea, y que si alguna vez visito Oslo podría yo comerme un salmón pero no creo que conozca a Marit ni que Pablo esté de acuerdo en presentármela por mucho que me empeñe. Este señor toca el violin con cara de haber tenido ya suficiente, yasta bien ¿no?, no hace más que preguntarse, y cambia el movimiento y no se puede aplaudir pero qué ganas terribles de aplaudir y el director asiente y dice venga amigos continuamos, y todos respiran aliviados una menos piensan algunos, ay el salmón que me espera cuando llegue a casa, piensan otros. Y en fin, que el dire parece satisfecho pero un señor satisfecho parece ya hartito de vivir, porque él toca y el dire no toca, solo robó una vez una batuta y ahora la mueve arriba abajo, ondea, riza, afirma, niega, retuerce el espacio y señala entradas que nadie puede tomar porque todos están tocando a lo suyo, nadie quiere ir a ninguna parte si no es a tocar y luego a comer, dormir, repasar los apuntes sobre Beethoven y decir mañana será otro día. Pero en noruego, claro, en español no sé si sabrían decirlo. Probablemente los oslanos y las oslanas inventaran el español. Debería aprender a decir "no sé tocar el violín" en noruego, así me evito malentendidos y peleas.

Comentarios

  1. Traduje un relato de Pablo Aranda al inglés y empecé a volverme un poco como sus relatos, enrevesada y autofictia, malagueña siempre.

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