Diarios de Guangdong
Restaurante Guangdong. Carretera de la costa. Mi padre nos lleva a cenar arroz frito y carne picada servida en hojas de lo que recuerdo como algún tipo de lechuga, igual era col china(?). Cada vez que pasaba con el coche por allí levantaba la mirada y escrutaba ese horizonte veloz y de letrero iluminado, intentando averiguar si estaban ahí, si habían ido hoy también a cenar, a almorzar. Como tener padres divorciados era tener dos universos paralelos, yo siempre que estaba en uno me preguntaba qué ocurría en el otro. El vivir apurado de una hija olvidada que constantemente tiene en mente al padre (con preguntas, expectativas y más universos) ha empezado a pesar hoy un poquito más que el resto de días. Cantón no me decía nada cuando lo escuché por primera vez. El mundo oriental y China no me decían mucho tampoco; sin más. ¿Qué le parecería ahora que yo estudiara diarios de Guangdong? A él le interesaba bastante todo lo que tuviera que ver con China, creo. Puestos a preguntar (que ya una es experta), también me pregunto qué podrían dar de sí los diarios de él, los del padre. ¿Es posible estudiar ahí el léxico, estudiar las estrategias pragmático-discursivas que configuran un relato tan doloroso e imposible de olvidar para la hija? Mmm.
No sé si decir que, en el fondo, cuando esto ocurre, yo no quiero que ocurra. No es así del todo. Yo ya he hecho el trabajo de dejarlo atrás, de desterrar por completo cualquier idea esperanzada que pudiera albergar, es cierto. El tema es que bajo la piel siguen las huellas de caminos previamente recorridos que, cuando llegan ciertos días nublados, ciertas palabras y momentos inoportunos (o todo a la vez), tiran de mí hacia abajo con fuerza. Por eso, en momentos así siento que solo puedo lanzarme cuerpo a tierra, o al menos mentalmente, como si lo hiciera para sobrevivir. Vuelvo a todo, lo revivo todo y me enredo y lo escribo, como si solo así la piel volviera a estar en su sitio y pudiera respirar el aire de aquí y ahora, no el de allí y entonces. Aunque se revuelva la cabeza y el intestino y te empapes de vacío un buen rato, después se pasa. No duele necesariamente, no deja escozor alguno, pero es una coreografía que ya he aprendido, y que hago sin más después de un minuto o dos de sorpresa inicial cuando llega el primer tambaleo.
Aún sigo mirando, aunque vaya conduciendo, siempre que vuelvo a casa y paso por allí. Restaurante Guangdong. ¿Habrán ido hoy a cenar, a almorzar? ¿Estarán comiendo arroz frito y carne picada en hojas de lechuga que puede que sea col? ¿Seguiré ahí todavía, en algún universo paralelo, comiendo con mi padre comida china? Iré a escribirlo en mi diario; ahí sí que habrá tela pa cortar, y algún investigador me lo agradecerá algún día, cuando mis diarios sean objeto de estudio.
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