limón
Me gusta muchísimo el papel que envuelve las bandejitas de pasteles, ese que acaba pringando y es blanco y tiene letras y te dice el nombre del pueblo, el nombre de los Hnos. confiteros X, el año en que empezaron sus abuelos con aquel negocio. Me gusta mucho ese papel porque siempre quiero rasgarlo arrancarlo y llegar al seso de la cuestión, el dulce, que, desorientado y fuera de su vitrina fresquita, se derrite muy poquito a poco y nos hace la boca agua. La bandejita me importa menos, si lleva lazo o no también, incluso si tiene esos cartoncitos que impiden que el azúcar del dulce se pegue al papel por dentro aunque luego siempre se acaba pegando. El papel, sin embargo, es mejor que el que envuelve un regalo de cumpleaños, de amigo invisible o de aniversario aburrido. Ese papel tiene que oler a dulce una cosa loca, puede oler a loca una cosa loca si contiene una también, claro, solo me entenderán los boquerones. El caso es que ese papel es casi el mismo que envuelve los polvorones y los roscos de vino, es un papel finito, blanco casi siempre, con letras azul marino o verde aceituna o rojo salchichón. Huele a dulce y tiene glaseado o azúcarglas o merengue de limón para pasarle un dedo y probarlo sin tener que tocar el pastel. Todos sabéis a qué me refiero, pero yo supongo que queda bien detenerse a contarlo, a darle vueltas al tema, retocar los adjetivos (como si un adjetivo pudiera alcanzarlo) y recordar todos los papeles de bandejitas de pasteles que hayamos vivido en nuestra existencia, nimia e insignificante hasta que alguien nos trae una bandeja de pasteles.
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