nostalgia queen

 «Paramos aquí a ver si había futuro, si había calma, si nuestras hijas e hijos alcanzaban a amarse bien, a amarse mejor». Nunca lo dijeron así, pero es lo que yo imagino. Dice Rosa Montero que imaginamos mucho porque no tenemos el cerebro bien podado, que nos falta un hervor y por eso se nos ocurren cosas inútiles, imágenes imposibles, que, solo en algunos casos y si aquello que se nos ocurre nos atraviesa genuinamente, nos obsesiona y nos empuja a seguir tirando del hilo, a veces somos capaces de expresar y compartir para que no se pierda. 

Tengo cinco años y me arropa una toalla empapada por la humedad del mar. Huele a sardinas, hay picotas y monedas para lanzar a medianoche y el fuego nos da miedo calor y hambre. Hay muchísima gente que no conozco en esa moraga, pero no me agobia. Tampoco me preocupa ir descalza ni haber comido por encima de mis posibilidades ni saber con quién me vuelvo a casa esa noche.


Camino por el paseo marítimo al colegio y de vuelta en coche me dejan en la peluquería. De la peluquería a casa en dos suspiros y luego en coche al inglés, siempre tarde, y de vuelta andando otra vez a casa. Hay mucha música mucho tiempo libre y de eso apenas hay fotos, hasta que a los quince me dio por fotografiarlo todo (la fiebre de IG, qué duda cabe). En esta calle que era carretera cruzaba mirando mucho antes de pasar al otro lado, un poco caperucita en el Manhattan de mi cabeza. 


He sido niña risueña, rara, callada, demasiado parlanchina y luego solo selectiva con lo que digo (aunque siempre se me olvide serlo y acabe hablando de más). Rosa Montero ayer nos desmontó con algo que leyó un día y tuvo la generosidad de compartir. En la infancia, cuando ocurre algo doloroso (eufemismo para traumita infantil), se produce una separación entre el niño interior al que han hecho daño y el niño que desde ahora se impone la misión a sí mismo de proteger, cuidar y aprenderlo todo rápido para que no vuelva a pasar. El primero, indefenso, es capaz de sentirlo todo; el segundo lo sabe todo y su mirada abarca horizontes infinitos, pero nunca va a permitirse sentir nada. 

En el camino de vuelta a casa, esta noche, pienso que sí que hay futuro aquí, sí que hay calma y sí que, sembrado tan pegadito al mar, puedo seguir recogiendo este amor que me han dejado en la orilla.

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