obedezco a la primera pero siempre llego la última
Yo reconocía más cuadros de Velázquez a los tres años que mi hermano, con quien me llevo seis. En la misma clase donde conocí a Velázquez, también dibujé la niña con la palomita en la mano y una pelota de colores a la derecha, de Picasso; una señora de azul con un paraguas y un traje que me recordaba a Mary Poppins, película que vi en mi infancia cinco de los siete días que tiene la semana. Me aprendí el papel de la Golondrina Uno para la obra de teatro de 3º de Primaria, El príncipe feliz, y fue mi debut y el escenario con un haz de luz era para mí solita. el público a oscuras me inundó y era yo sola, entonces, la que llevaba la obra en sus hombros, fui consciente allí mismo de la palabra, y si me quedaba en silencio nadie la decía, solo yo tenía esa responsabilidad ese poder y ese turno único e incomparable (quizás, solo, al de la Golondrina Dos). luego el miedo a la palabra me hizo ser siempre el ángel o el arcángel (dos personajes, un mismo disfraz), excepto la vez en que casi hago de palmera (damos gracias a mi madre, que se negó a embutirme en un disfraz de palmera; ¿existe tal cosa?). Acabé siendo madre dos, lo cual no está mal porque me tocó con mi mejor amiga, madre uno, aunque la niña que hacía de hija dos era mayor que yo, precisamente dos años. La palabra me dio tanto miedo que en lugar de decirla, de frente, tuve que cantarla, en un coro, donde pudiese expresar y soltar todo lo que tenía dentro sin que nadie descubriese que yo era una persona individual con miedos prisas y sueños por cumplir (un coro de voces blancas te da la magia del anonimato que no sabes que necesitas, nada menos que con nueve años). Cuando la palabra se atascó en las tuberías y me arrastraron las corrientes de una adolescencia demasiado simple como para ser complicada, me dejé llevar por un forense loco y trastornado a través del cual –poniéndome bigote, bata y gafas (todo lo que no soy, excepto quizás lo del bigote)– me convertí en protagonista de un cuarto de hora en el que no había otra acción que mi desahogo. volví a las tablas, a mirar al público, a gritar saltar correr y llorar de pánico frente a toda mi escuela (que qué bien expongo en clase; claro, si me desnudé emocionalmente a los quince frente a un patio de sillones de terciopelo rojo y ya nada me da el pánico necesario como para olvidar lo que fui). esa y otras obras de teatro no me dejaron dormir, comer ni saltar a la comba, pasé las mayores vergüenzas de mi vida confundiendo parlamentos y fue la mejor vacuna contra el ridículo. en el foro de la escena las paredes blancas, amplísimas, se juntaban en una esquina que no acababa de ser esquina (más bien un abrazo curvo de fría pared), en el que mil millones de veces me apoyé para mirar lo que tenía en frente, asegurarme de que el hilo de mi voz alcanzaba a los sillones del fondo, de que un señor con cámara en el pasillo de la izquierda no estaba haciéndome fotos a mí sino al personaje que yo representaba, y que no tenía por qué darme miedo aquel señor, ni tendría por qué quedarme en blanco, solo abrazar toda aquella inmensidad y desvestirla, prometer ser yo cada vez que arrancaba el tiempo y el telón corría para abrirnos al mundo, al mundo diminuto de un colegio, de unos padres, de unas lentes de cámaras y demás instrumentos diabólicos creados para fijar los temblores de nuestro nerviosismo. En realidad, ninguna de esas cámaras capturó la verdad de lo que allí ocurría. Solo nosotros comprendimos que aquello era todo un trabajo esforzado por lograr que aquellos personajes que llevábamos escritos sobre la piel encadenaran las frases en el correcto orden para revivir obra, temas, luces, espacios, tiempos y giros planeados con mimo o frustración por algún alguien que muchas veces no venía ni al cuento. cuántas veces me dejé caer sobre esa esquina que no era ni siquiera una esquina. le enseñé el truco, también, a mi mejor amiga, la madre uno que ahora hacía de criada uno, y flipó muchísimo; le encantaba sentirse infinita como aquel niño de la peli que yo vi y ella seguramente no vio, tenía una banda sonora chulísima. En la clase de tres años, en ese mismo colegio, con la misma mejor amiga, madreuno-criadauno, yo era una niña callada, de ojazos (grandes, pero también bonitos y negros) profundos y a día de hoy recuerdo con todo detalle hasta las conversaciones que mantenían mis profesoras. recuerdo, también, la lección que más nos repitieron y repetimos, y que escuché por última vez un día que mi hermano se puso listillo y me quería sacar de quicio, con trece años: «Obedezco a la primera». Yo, claro, obedezco a la primera y recuerdo muy bien que la vocal a era una letra que tenía muchas ganas de comer pero nunca podía comerse los pasteles que quería porque su madre le regañaba y tenía que dárselos a i, una princesita delgadita y rubia, pálida como las paredes blancas de mi escenario esquinoso y redondeado al que una y otra vez volvería para sentirme dentro de una ola en el mar, sobre las cabezas de personas que escuchan mi discurso de despedida o para cantar en algún idioma desconocido que vayas por el camino y no olvides dar la mano a los niños abandonados que te encuentres para guiarlos al mañana.
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