Érase una vez un blog
Érase una vez un blog al que le faltaban todas las entradas. Cada tres semanas se iban borrando no solo comentarios sino parrafadas enteras de texto que ya dejaba de existir, penas opiniones recuerdos risas y preocupaciones que de repente sentían la necesidad de borrarse del mapa de internet y no dejar huella. Comentarios de apoyo, o insignificantes, o sin sentido, o incluso diálogos y peleas de comentarios de gente que no venía a cuento, gente que entraba al blog por aburrimiento y dejaba por allí alguna frase tonta, algún chascarrillo absurdo, ..que en un chas! dejaban de estar.
El blog que iba perdiendo entradas tampoco, en realidad, quería ser blog. Era de estos blog(ue)s que nadie leía, que no cree tener lectores, que está desanimado desde que nace, que tiene uno de esos blogueros tras la pantalla que no sabe bien si quiere un blog, un perrito o que le hagan más caso en su casa. Las entradas se iban creando en la cabeza de este bloguero sin orden, con casi cada detalle que extraía de su vida cotidiana y luego parecía poder relacionarse maravillosamente con alguna otra referencia cultural que algún posible inexistente lector pudiera reconocer. Las entradas se creaban, digo, sin orden ni concierto, en la cabeza, en la ducha, en el café, en el metro, pero luego no pasaban de eso, de entradas no-reales a las que no se les dio jamás la posibilidad de publicación, ni siquiera para borrarlas luego. Y lo peor es que esas eran las buenas.
El blog de entradas, en sus inicios, se concibió para no ser leído no ser descubierto (encontrar un buen seudónimo podía llevar semanas) no ser disfrutado criticado ni comentado, para no ser blog. ¿A quién le va a interesar un blog? ¿Este blog? “No creo que a nadie le interese, pero...”. Y así, tan rápido, el bloguero de turno se alinea junto al resto de sus compañeros blogueros, el resto de patriotas de la nada internauta, militantes de la falsa modestia, el club de los “a nadie le intereso”. Por supuesto, no queremos despreciar ni dar la sensación de estar faltando el respeto a estas nobles criaturas que, por desesperación, por aburrimiento extremo, por puro egocentrismo, se dejan caer por las diversas plataformas bloguísticas para expresar todo tipo de contenidos de no-interés para el público general.
La que escribe, sin ir más lejos, ha pasado ya por dos o tres versiones de esa misma historia.
A lo que voy. El blog nace para no ser leído o nace para ser algo más que un blog. O no nace, directamente. O (una variante más) nace para ir desnaciendo, a lo Benjamin Button, y eso es lo que le ocurría al blog que un día despertó sin entradas, sin comentarios que antes algunos otros blogueros o curiosos pudorosos dejaron en la casilla correspondiente. La pena era que los no lectores del blog no podían conocer la novedad del no-blog al no consultarlo nunca. El enredo no hacía más que aumentar y engullirlo todo. Y, la verdad, tampoco hay un final satisfactorio ni no-satisfactorio para esta historia. Simplemente, no ocurrió para nadie.
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