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Diarios de Guangdong

Restaurante Guangdong. Carretera de la costa. Mi padre nos lleva a cenar arroz frito y carne picada servida en hojas de lo que recuerdo como algún tipo de lechuga, igual era col china(?). Cada vez que pasaba con el coche por allí levantaba la mirada y escrutaba ese horizonte veloz y de letrero iluminado, intentando averiguar si estaban ahí, si habían ido hoy también a cenar, a almorzar. Como tener padres divorciados era tener dos universos paralelos, yo siempre que estaba en uno me preguntaba qué ocurría en el otro. El vivir apurado de una hija olvidada que constantemente tiene en mente al padre (con preguntas, expectativas y más universos) ha empezado a pesar hoy un poquito más que el resto de días. Cantón no me decía nada cuando lo escuché por primera vez. El mundo oriental y China no me decían mucho tampoco; sin más.  ¿Qué le parecería ahora que yo estudiara diarios de Guangdong? A él le interesaba bastante todo lo que tuviera que ver con China, creo. Puestos a preguntar (q...

La elegancia del ascensor

Mi vecina llora y aúlla al otro lado de la pared. Luego vuelve con él, o él con ella; yo me hago pequeñita. Una mujer que conozco no llora, pero se rompe a cachitos por dentro cada vez que el marido se cruza de brazos. Se hace pequeñita ella también. Hay en este edificio  un señor   que es como un marinero, mayor, de los que ha surcado océanos y ha fumado con pipa.  De los que ha tenido que pasar mucho frío y tener un chubasquero azul que no protegía de ninguna tormenta. Tiene barbita blanca, pelo canoso, es alto y anda despacio y con zancadas largas que le hacen subir y bajar como si lo moviera la marea de olas en un barco permanentemente. Hoy he sabido que lleva seis años haciendo un pacto con la muerte, que le ha alargado el plazo y mantenido el alquiler de estos últimos sorbos de vida. No hace falta leer a Muriel Barbery, porque la conserje no se podrá enamorar de un vecino japonés recién llegado y luego morirse, pero aquí, en este marinero-vecino, veo ya una historia...

mi amiga eva y alguna otra cosa

Estáis invitados a venir. Venid a verme salir del cascarón, soltarme el pelo y bailar un poquito. Yo bailo, ¿sabéis? Bailo y me muevo y se mueven los átomos del resto del mundo conmigo, porque algo, una pequeña parte aunque sea, se mueve cuando yo me muevo ( la unidad en la variación, la parte del todo y tal y cual). Me encanta el cine sobre cine, el cine sobre las vidas de verdad, el cine con amigas que te entienden, con protas que no saben muy bien qué decir, con protas que tienen vergüenza a bailar pero bailan, luego bailan. En la peli que cada uno se monta en su cabeza cuando tiene un buen día (los días malos ya se sabe que son para quejarse o comer chocolate y poco más) hay un final edulcorado y hay comida para llevar, casi siempre de un restaurante chino. Hoy fue un día normal, no fue bueno porque voy por el tercer resfriado del año y estamos en la tercera semana del año, pero tampoco fue malo porque comí empanada, trabajé, dormí, me dio miedo la muerte pero luego me calmé muy rá...

los miércoles es más barato

isabel coixet me habla desde nuevayork en el programa de radio que escucho en mi ordenador y que volveré a escuchar luego en un podcast, posiblemente. P. soñó hace un par de semanas que yo rodaba una película con Isabel Coixet. Nunca me lo había planteado –rodar una peli–, pero sí es verdad que cuando escucho a tantas directoras que dicen haber empezado bastante tarde en sus vidas a formar parte del mundo del cine; que dicen que llegaron casi por casualidad en un golpe de suerte, un curro nuevo, un alguien que faltó al trabajo y que ellas aprovecharon sin saberlo para saltar, ay... Ahí puede que mi corazoncillo tonto se haya hecho ilusiones, secretamente.  Lo que no sé es cómo P. y su subconsciente dieron en el clavo y nos imaginaron ya claramente a la Coixet y a mí paseando, hablando de una peli, de localizaciones, de posibles historias que contar... ¿qué contarías, S.? P. escribirá el guion, o eso hemos pactado. (Es lo menos que se puede hacer por alguien que ha soñado ya clarame...

monólogo sobre la comida

nada llena tanto como un sábado en silencio  y es domingo ya, y el silencio sobra, pero cuánto me llenó el sábado toda esa nada contenida entre las sábanas y escrita en palabras de un diario, con planes y deseos y temores conservados en frascos de cristal, esperando al lunes o al martes al mediodía para descongelarse. Por la ventana han caído esta mañana chorros de luz que me han despertado, y han vuelto a sentirse cerca las olas del mar de ese verano que no quiero recordar porque me sorprendió siendo feliz, algo que mis veranos no acostumbran a ser. Y por fin, cuando el sol ya no rozaba insistente las cortinas, sonaba el teléfono: la madre preocupada haciendo su chequeo rutinario. Yo a veces también sigo el ritual del chequeo rutinario con ella. Soy yo quien la llama entonces, y se preocupa por saber si ha comido, si ha tenido un buen día. 

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La guiri que al salir del ascensor me ha dicho buenosdías en español una y luego otra vez hasta que le ha salido la pronunciación que quería; la cajera que ha escaneado el código de barras de mi nuevo palo de fregona y me ha dejado pagar con tarjeta de crédito; la profe de yoga que ha subido un vídeo a sus redes mientras hacíamos torsión a la izquierda llevando la mirada hacia la mano derecha y respirando por la nariz, la amiga que esta mañana me ha escrito para preguntar que qué tal mi fin de semana y contarme que ella bien, que en la peluquería, y a la que he respondido que bien pero que con muchas cosas por hacer y que mantengo la calma y que, por cierto, voy a un concierto el domingo que compré hace un montón... pues ninguna está viendo ni sintiendo este silencio repleto de cosas, de perchas, de sillas vacías, y ninguna sabrá, claro, que me han acompañado y que vuelven a mi mente ahora que decido venir a escribir aquí esta tarde, a esta esquinita de internet.  Hay dos libros q...

Ser o no ser... yogui

Que ashtanga, kundalini y hatha no vayan a ser los nombres de los niños del futuro no nos lo asegura nadie (cuánta negación para afirmar, madremía). Por ahora, no conozco a ningún niño, niña ni niñe que se llame ashtanga, kundalini ni hatha... vinyasa ya estoy en duda. El caso es que me he apuntado a yoga, sí. Mamá, ya lo sé que me lo llevas recomendando muchos años. Ya lo sé, sí, que es muy bueno para la postura, para la respiración, para la flexibilidad. Bueno. Asthanga, kundalini y hatha son los tipos que he probado por ahora (de yoga). A quienes se lo he comentado les he transmitido mi total satisfacción con la decisión de ir a yoga, porque, ay tía, salgo tan relajada, en serio, mira que a mí estas cosas no me llaman mucho, pero me entretengo pila! Y se suda la gota gorda, eh? No te creas. Pues sí, es verdad. El caso es que, además de lo genial que me siento yendo por cuenta propia a clases de yoga (es decir, que me siento bien porque no es una obligación, estoy decidiendo ir yo po...

miscelánea de un diario que no quiero perder

treinta/seis Cuando no tengo mis diarios y algo me inquieta me siento fuera, un poco fuera de mí. Aunque esté en casa. Aunque pueda releer mis diarios anteriores. Cuando no tengo mis diarios conmigo, a veces mis amigas son mi diario. Me refiero a esas en las que puedo verterme como un líquido, desparramarme verbalmente como un cuerpo cansado lo haría en un sofá. Las copas correctas, las decisiones correctas, ¿existen? Parece ser que no. Luego bien que nos gusta decir me equivoqué , o no me equivoqué, te equivocas . No lo sé. Hoy es un día de indecisión. Queda seguir nadando, claro. Cuando estoy aquí estoy callada, lo sé, como que desaparezco. Solo puedo y quiero anularme. Qué ser y qué esperar y qué leer. Prepararme para hacerlo bien. Irse de un lugar prometido. Si has llegado a un sitio y quieres irte, vete. Si has luchado por llegar pero también hay que irse, vete también. Vete en todo caso, supongo, vete. La autenticidad impostada, la mente en blanco, la dirección, la autoridad. Que...

en cinco pasos se peina el mar

Número uno. Primero, retirar la malla que lo cubre todo. Es una red de hilo finito, suave, pero que se engancha fácilmente; así que, con cuidado, retirar sin tropezar con un rulo o un palito de los que sujetan y atraviesan las ondas que ocupan toda la superficie.  Número dos. La red, cuando se ha retirado, se aparta y después se pliega, y se hace un ovillito. Número tres. Ahora se retiran, uno por uno, los palitos. Primero, de la parte de arriba, empezando por el frente, luego en los lados, luego la parte de atrás. Si alguno pincha o molesta más que los demás porque con el calor se quedó clavado en la piel provocando rojez, ése se quita antes. Después van los rulos, se empieza de atrás hacia delante y se sigue en los lados. Al apartarlos de la raíz y desenroscarlos con la mano, cuidando de no descomponer el rizo, se colocan en el cajón de los rulos por tamaños y por colores. Ya ordenados, claro, para volver a encontrarlos fácilmente la próxima vez.  [El orden y el detalle, sie...

Lo interior de ciertas cosas

La palabra tripita me da entre repelús y ternura, como casi toda parte del cuerpo en la que mi infancia haya dejado una huella triste. tener tripita, doler(le, te, me) la tripita, rugir(le, te, me) la tripita, no enseñes la tripita o  mete la tripita . La palabra tripita, además, en boca de un adulto que no se refiere a un ser pequeño (humano o animal) me da aún más repelús, me corta un poco el cuerpo. Concretamente, me lo corta en dos piezas, que luego tiemblan por separado y tienen que sentarse cada una en un sillón de mi casa (la del lado izquierdo, en el sillón izquierdo y la del lado derecho, en el sillón derecho) para recomponerse del susto. Ambas sienten repelús, por eso se repelen. La palabra tripita es afilada y, como un espejo que se coloca sobre una grieta, refleja cosas hermosas que en realidad no son fieles al lugar desde donde se coloca. La palabra tripa, por otro lado, me suena a ibérico, a algún plato caliente que no es propio del verano, a crimen sangriento. Si hu...